Nadie mira al pianista

El otro día me tocó otro de los episodios tan originales de mi vida, a los que ya estoy más que acostumbrada. Este año muchas oportunidades se me están apareciendo sin que yo me resista en absoluto.  Total, ¿solo se vive una vez no? O eso dicen, así que por si acaso.

Que me voy del tema. Como iba diciendo, el otro día tuve una misión muy importante. ¡Fui la pasa páginas de un pianista! A la mayoría del mundo le parecerá una tontería, pero yo me puse de los nervios, como siempre. ¿Y si lo hago mal? ¿Y si las paso demasiado rápido o demasiado despacio? ¿Y si de repente se queda el teatro en silencio por mi culpa y todo el mundo me mira mal o me lanza tomates?. ¡Que pánico escénico!, ¡madre mía!. Y eso que yo tan solo estaba escondida a la izquierda del pianista. Mi misión era clara, cada vez que él me hiciese un gesto con la cabeza, yo me levantaba y pasaba de página. No había más, solo era eso.

De repente, comenzó la obra. Los nervios seguían ahí pero mi instinto de trabajar bajo presión pudo con ellos. Me centré, solo miraba la cara del pianista, y me preguntaba si no se ponía nervioso al tener a alguien sin conocimiento alguno de música y con cara de pánico respirandole a escasos centímetros. Pero no, él estaba centrado, solo con su piano. Absorto, como si fueran uno. Yo poco a poco me fui involucrando en el espectáculo. Incluso me atrevería a decir que logré abstraerme por completo en algún momento, menos mal que en ninguno se terminaba la página. Yo no veía mucho más que el piano, a Luis, el pianista, y la temida partitura. En algún momento dado, decidí girarme para mirar al público que solo permanecía atento al actor principal: Miki Molina, que recitaba algunos de los mejores poemas de Miguel Hernández.  En el escenario, y acompañando al en en aquellos momentos poeta, estaban Gabrielle Kaufman al Chelo, Luis de Arquer al Piano, y Sandra Blakstad interpretando. La gente no parecía prestar atención a ninguno que no fuese el actor principal. Claro está que resultaba imposible no escuchar aquella maravillosa melodía que se creaba con la combinación de piano y chelo, pero…  más allá del instrumento, ¿qué pasa con las manos, con  las personas que están creando esos sonidos, con los artífices de aquel momento mágico? Nadie los miraba, nadie quitaba ojo del protagonista. Y eso me hizo pensar en cuantas veces en la vida pasa esto mismo, cuanta gente pasa desapercibida, cuantísima gente resulta imprescindible en la mayoría de las cosas que hacemos o vemos todos los días, y que poco lo valoramos. Solo era una reflexión que acompañada por la música en directo y por el absorbente sonido del piano, se hizo tan intensa que me pareció merecedora de una entrada en mi humilde blog.

Mucha gente me felicitó por mi destreza y conocimiento del lenguaje musical… pobres… pero tampoco me iba a poner a dar explicaciones a todo el mundo. Además, no podía fastidiar tal cantidad de reconocimientos en ese mi pequeño mini momento de gloria.

Sueño de una noche de verano

Esta noche, como noche de verano que es, será la noche en la que finalice este, mi verano. Un verano de lo más curioso, no solo por haber sido el primero en el que me ha tocado vivir sola, además de cocinar, lavar la ropa y hacer mi propia compra. Hoy terminan las prácticas en TVE y puedo asegurar que han sido de lo más enriquecedoras. Muchas veces el simple hecho de tomar una decisión implica el salir perdiendo en otras situaciones. Como siempre dice mi padre: – «no se puede estar en misa y repicar, malas pulgas». Sí, así soy yo, una malas pulgas de cuidado. Y siempre lo he sido, lo que pasa que siempre encuentro a gente que me aguante. En este caso el verano no empezó muy bien, demasiados cambios en muy poco tiempo. Pero gracias a la gente que ha compartido este nuevo episodio de mi vida, las cosas han sido muchísimo más sencillas. Sinceramente, no cambiaría esta experiencia por nada del mundo. Ha sido un gran esfuerzo en todos los aspectos pero es uno de esos esfuerzos del que sabes que tendrás una recompensa. Tantas horas sentadas en la silla de nuestra mesa monopolizada, en la redacción del 24 horas. Siempre el mismo sitio, siempre en el mismo ordenador, y siempre discutiendo y alborotando. Unas que no se enteraban, otras que nos alterábamos e incluso alguna que se llegó a caer de la silla. Hemos tenido de todo, y todo esto en dos meses. Hemos estado a punto de morir en un pueblo valenciano rodeadas de chinos, japoneses y australianos; hemos vivido una pelea a base de hortalizas, hemos cantado como locas en el coche temas de todos los tipos y colores. Hemos berreado en el karaoke, hemos reído hasta tener agujetas, nos hemos hecho tantas fotos que podríamos forrar toda la redacción. Y todo esto en dos meses, 60 días, 1440 horas, 86400 minutos. Pero como todo lo bueno, tiene su fin. Simplemente me queda decir: GRACIAS POR ESTAR. ImagenImagen